Bien, veamos: antes explicaré, para los que no lo sepan, qué es Homicidio. Homicidio es un libro de no ficción que retrata un año (concretamente el año 1988) en el departamento de homicidios de la policía de Baltimore. David Simon, que actualmente es conocido por ser el creador de la serie televisiva The Wire, es el autor de este libro. En aquel ya lejano año 88, época en la que él era periodista de sucesos del periódico The Baltimore Sun, obtuvo un permiso para estar a tiempo completo observando qué pasaba en las entrañas del susodicho departamento. Después de ese año como observador, tiempo en el que a buen seguro rellenó miles y miles de páginas con anotaciones, David Simon volcó este trabajo monstruoso de documentación en un libro titánico de 700 páginas. Ese libro, como digo, es un libro de no ficción (todos los sucesos y personajes que aparecen en el libro son reales) pero está escrito como una novela.Bien, eso es Homicidio.
Pero ahora ¿Por qué Homicidio es un libro perfecto?
Lo que más brilla, al menos para mí, cuando terminas esta obra, es que David Simon consigue configurar un sistema narrativo que, sin caer en la fórmula del día 2 después del 1 y antes del 3 (sino realizando saltos en el tiempo y relacionando hechos y diálogos de diferentes partes de la historia o , mejor dicho, las historias), nunca pierde el hilo de todas las subtramas que, en el caminar por las páginas, se van abriendo y se van nutriendo, a su vez, unas de otras. De manera que el lector es capaz de entrar en un mundo en el que no hay un solo foco (es decir: nos centramos sólo en un policía y en un caso) sino muchos focos (es decir: estamos hablando de todo un departamento de policía que se ocupa de más de 300 casos de homicidio al año, y realmente estamos sobrevolando por encima de todo eso, pero volando muy cerca de ellos, casi a la altura de sus cabezas, para poder oírlo y verlo todo bien). Y, pese a semejante aluvión de nombres, casos, egos, roles y relaciones, sigues el hilo sin problema. A esto se le llama manejar bien el tiempo y el ritmo de una narración: Simon se detiene en los pormenores del oficio de inspector (con los correspondientes – y jugosísimos – análisis de qué es una escena del crimen y qué significa, qué es una autopsia y para qué sirve, cómo se hace un interrogatorio y qué se espera de él, etc.), sin caer en el enciclopedismo, sin separarse nunca de la pretensión genuina de hablar de las personas, de la misma manera que habla de esas personas sin traicionar el propósito de centrarse en su oficio.
Por otro lado, David Simon logra separarse por completo de su texto, convirtiéndose en un narrador limpio, que no opina ni respira nunca. Desaparece por completo la persona David Simon, haciendo que llegues a cuestionarte si realmente todo esto que estás leyendo (mejor dicho, estás presenciando) no se lo estará inventando él, porque sólo desde la imaginación uno piensa que puede llegar a ser un narrador así (omnisciente, desarrollando así unos caracteres redondos, con claroscuros), y no un narrador como “mira, te cuento lo que yo he visto, ante lo cual opino esto”, alguien que, inevitablemente, ha debido entablar relaciones de simpatía o antipatía con las personas de las que habla, con las realidades que retrata, pero que nunca juzga.
Leer Homicidio es asistir a un continuo ejercicio de periodismo y de literatura de la más alta calidad. Leer Homicidio es vivir dentro de un mundo sucio, un mundo que no te tiene por qué gustar, pero que existe y que tiene su fiel reflejo, tan absurdo y apestoso y, en ocasiones, maravillosamente paradójico, en sus páginas. Y a estas ideas llegarás o no según tu propio criterio, porque Simon solo te muestra el paisaje (hasta el más mínimo detalle, eso sí) pero sin arrastrarte a ninguna idea: Una obra completamente sincera, un libro perfecto sobre un mundo imperfecto. Eso es Homicidio.
Pero ahora ¿Por qué Homicidio es un libro perfecto?
Lo que más brilla, al menos para mí, cuando terminas esta obra, es que David Simon consigue configurar un sistema narrativo que, sin caer en la fórmula del día 2 después del 1 y antes del 3 (sino realizando saltos en el tiempo y relacionando hechos y diálogos de diferentes partes de la historia o , mejor dicho, las historias), nunca pierde el hilo de todas las subtramas que, en el caminar por las páginas, se van abriendo y se van nutriendo, a su vez, unas de otras. De manera que el lector es capaz de entrar en un mundo en el que no hay un solo foco (es decir: nos centramos sólo en un policía y en un caso) sino muchos focos (es decir: estamos hablando de todo un departamento de policía que se ocupa de más de 300 casos de homicidio al año, y realmente estamos sobrevolando por encima de todo eso, pero volando muy cerca de ellos, casi a la altura de sus cabezas, para poder oírlo y verlo todo bien). Y, pese a semejante aluvión de nombres, casos, egos, roles y relaciones, sigues el hilo sin problema. A esto se le llama manejar bien el tiempo y el ritmo de una narración: Simon se detiene en los pormenores del oficio de inspector (con los correspondientes – y jugosísimos – análisis de qué es una escena del crimen y qué significa, qué es una autopsia y para qué sirve, cómo se hace un interrogatorio y qué se espera de él, etc.), sin caer en el enciclopedismo, sin separarse nunca de la pretensión genuina de hablar de las personas, de la misma manera que habla de esas personas sin traicionar el propósito de centrarse en su oficio.
Por otro lado, David Simon logra separarse por completo de su texto, convirtiéndose en un narrador limpio, que no opina ni respira nunca. Desaparece por completo la persona David Simon, haciendo que llegues a cuestionarte si realmente todo esto que estás leyendo (mejor dicho, estás presenciando) no se lo estará inventando él, porque sólo desde la imaginación uno piensa que puede llegar a ser un narrador así (omnisciente, desarrollando así unos caracteres redondos, con claroscuros), y no un narrador como “mira, te cuento lo que yo he visto, ante lo cual opino esto”, alguien que, inevitablemente, ha debido entablar relaciones de simpatía o antipatía con las personas de las que habla, con las realidades que retrata, pero que nunca juzga.
Leer Homicidio es asistir a un continuo ejercicio de periodismo y de literatura de la más alta calidad. Leer Homicidio es vivir dentro de un mundo sucio, un mundo que no te tiene por qué gustar, pero que existe y que tiene su fiel reflejo, tan absurdo y apestoso y, en ocasiones, maravillosamente paradójico, en sus páginas. Y a estas ideas llegarás o no según tu propio criterio, porque Simon solo te muestra el paisaje (hasta el más mínimo detalle, eso sí) pero sin arrastrarte a ninguna idea: Una obra completamente sincera, un libro perfecto sobre un mundo imperfecto. Eso es Homicidio.

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