Creo que estaba en mi último o mi penúltimo año de carrera cuando un movimiento estudiantil a nivel nacional se levantó contra el inminente plan Boloña y organizó varias manifestaciones y actos de protesta, como acampar en la universidad central de Barcelona, que es donde yo estudiaba. Las protestas llegaron tarde y mal, porque eran contra un proceso prácticamente cerrado y porque (al menos en el caso que viví más de cerca) estaban confundidas y caían en lugares comunes que, como poco, se contradecían (las reivindicaciones de las diferentes plataformas estudiantiles exigían la laxitud del sistema universitario para darle la libertad al estudiante de compaginar trabajo y estudios, y a la vez exigían que todas las asignaturas de todas las carreras y todas las publicaciones de tesis u otras investigaciones realizadas en el marco universitario fueran estrictamente en catalán, reclamación que no venía a cuento y que, personalmente, se me antoja casi fascista). Pero dejemos el excurso y centrémonos: lo que pasó fue que, después de un par de semanas de gran movimiento en la que era mi facultad, con un tufillo a “si no participas en esto es que estás a favor del enemigo” pululando por el ambiente, muchos de los estudiantes que se habían concentrado acabaron abandonando el barco y en la facultad acabaron estando cuatro guarros que follaban en los colchones tirados frente al aula magna. Y eso lo digo de verdad.
Cómo acabó todo quizás lo recordáis: una terrible decisión de cualquier político de meter a mossos antidisturbios en la universidad y sacar por la fuerza a cuanto individuo con aspecto de manifestante se encontraran. Un final que movilizó a la gente como la había movilizado en el inicio de las manifestaciones: los que quieren decir que han estado van y gritan, y el resto opina y pontifica y retuitea y comenta estados de facebook y comparte videos de youtube expresando “lo mal que está todo y el derecho vulnerado sistemáticamente de las personas de a pie en el mundo de hoy en día ante la tiranía de los hijos de puta que mandan”. O algo así.
Y, un tiempo después, llegan las elecciones y Joan Laporta consigue cuatro escaños.
Bravo.
Pero a lo que iba: hoy he pasado por la plaza Catalunya y he visto ese chup chup de buenas intenciones y pancartas y actos simbólicos. Ese idealismo, a una escala mayor (tanto en idealismo como en número de seguidores) que el de las manifestaciones contra el plan Boloña, pero de la misma base. Ese idealismo que bebe de sensaciones como: “que no se diga que no se ha intentado” “yo tengo que estar allí” y el siempre presente “no servirá para nada, pero yo lo digo”. No servirá para nada, en fin, pero ellos lo dicen.
Y por lo pronto abro mi facebook y me encuentro, para mi sorpresa, con que la mitad de mis amigos conocen el artículo 21 de la constitución española por el cual todo individuo tiene derecho a una reunión pacífica y sin armas, a gente compartiendo videos de las concentraciones en la puerta del sol, y retuiteando las últimas noticias sobre lo que quiera que haya hecho el político cabrón de turno en contra del movimiento social, el mal llamado spanishrevolution.
Y digo mal llamado porque ese “no servirá de nada” lo tiene todo el mundo en la cabeza. Esa presunción de que se haga lo que se haga será en balde porque basta con dejar que la gente se aburra de manifestarse, como se aburrieron en mi facultad hace años, para que las reivindicaciones pierdan valor. Y es que eso es lo curioso del tema: estamos en un país, o en una cultura, o como queráis llamarlo, en el que las reivindicaciones, las ideas, pierden valor si se enfrían. Porque si no funciona mi derecho a reunirme y a quejarme ¿qué puede funcionar? ¿Una guerra civil? Porque yo esto lo quiero ahora. Porque no me puedo estar esperando tanto a que pase algo, que la final de la Champions cae en dos semanas.
Vale. Perdón: acabo de hacer demagogia barata. El típico chascarrillo de “anda que te mueves tanto por tus derechos como por el fútbol, desgraciado”. Solo espero que entendáis que hablo del ritmo cardíaco de estas reivindicaciones, de que el ejercicio de consciencia colectiva que ahora está ocurriendo es algo así como un destello de lucidez.
Esta consciencia de que la sociedad puede cambiar al estado, esta certeza de que juntos se puede intentar poner patas arriba los pantalones del sistema (a ver si de paso caen de sus bolsillos los dineros que nos están robando), es algo que muere rápido. La otra reacción esperable ante una situación global de malestar es el miedo. Y eso, lamentablemente, está enraizándose entre nosotros. O quizás ya somos unos cagados por naturaleza. Y por eso Plataforma por Catalunya cada vez tiene más seguidores, y por eso el PP radicaliza su discurso y sube en las últimas elecciones para la Generalitat, y por eso, insisto, Joan Laporta consigue cuatro escaños. Porque es más fácil (o quizás es que es algo que no se olvida tan fácil) tener miedo y odiar al extraño, que tener dos dedos de frente y odiar al político que te está robando. Porque piensas que, bueno, que qué más da uno que otro, que todos van a hacer lo mismo. Y entonces qué más da quien vote ¿no?
Total, no servirá de nada.

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